Comencemos bien

13 01 2010

Espero que a todos os haya dado tiempo de despediros del año, porque el 2010 es una realidad; sobre todo, en el calendario. Cada cual habrá vivido una salida y entrada de año diferente, con sus buenos momentos y sus recuerdos, porque todos recordamos mucho, y a mucha gente, que está y que no está, en esos días. Yo sólo puedo contaros, a mi modo, cómo viví esos días.

El viaje hacia Gibraltar, el aeropuerto donde aterriza el avión que suelo coger últimamente, tuvo sus dificultades, que hoy ya son anécdotas que contar a los sobrinos nietos (es decir, a los nietos de mi hermana, porque no creo que nunca tenga unos propios, a decir verdad). Total, que la nevada del lunes antes de Nochebuena impidió a mi avión salir; y el martes si que salió, pero finalmente aterrizó en Málaga por el tremendo ventazo con el que se encontró el avión en la colonia inglesa (por mucho que nos pese).

Gente hipersupersticiosa hubiera pensado que podría haber estado recibiendo señales, pero yo simplemente llegué cuando pude y me acomodé a las circunstancias, a pesar de tener ciertas particularidades a la hora de subir y bajar escaleras…

Total, que llegué a casa tarde, y esa noche comenzaron mis vacaciones de “navidad navidad, dulce navidad”. Mi casa seguía en su sitio, aunque estuviera rodeada de lluvia, viento y consumo navideño. Mi padre, mi hermana, vecinos, entrada… todo correcto. A mis amigos, hasta la tarde anterior a Nochebuena, con estas lluvias tan constantes, nos los vi… aunque nos vimos casi directamente en la pista de baile, al lado de la barra, así que mejor manera de reencuentro es bastante inimaginable.

Cuando vuelvo a casa, y me encuentro con mis amigos, sufro un doble sentimiento: por un lado, ganas, necesidad creada focalmente hacia su presencia, hacia sus abrazos, hacia las risas, las mil y un cosas que contar… Por otro lado, siento cierto temor, ya que la patente consciencia de que las personas que tienes fuera de tu día a día, en tu pueblo, en la ciudad donde estudiaste… siguen viviendo, al igual que yo aquí, en su propio micromundo de rutina, de trabajo, amigos, ocio, rayadas mil y cine (en mi caso); te hace aguardar la sorpresa de si realmente seguirás formando parte de sus vidas, y viceversa.

Normalmente, como ha ocurrido esta vez, esos amigos a los que vuelves a ver siguen ahí, al pie del cañón, con tantas ganas de verte como de tú a ellos. Después de unos considerables años viviendo fuera de casa, es una verdadera lotería poder disfrutar, cada vez que vuelves, de ese nido vital construido con años de amistad, cariño, aventuras y desencuentros.

No todos mis amigos lo son entre ellos, como le ocurre a cada ser viviente de este planeta. Es por ello que, en ocasiones de vacaciones como ésta, uno tiene que dividirse un poco. Es un poco lioso algunos días, y las compañías de móviles se forran entre tantas llamadas y mensajes para conseguir quedadas satisfactorias y posibles para todos. Pero te gratifica tanto verlos y estar con todos y cada uno que vale la pena más que de sobra.

Estas navidades fueron mejores que las del año anterior, en las que la ausencia de mi abuelita estaba muy presente en mis neuronas. No es que no lo hayan estado en éstas, pero la tristeza se moldea, y los recuerdos se van convirtiendo en compañeros de viaje, dejando poco a poco de ser cruces pesadas. Aún no he querido comerme las uvas, ya que no podría sustituirla pelándolas y preparándolas en los platitos rojos, seleccionando las más pequeñas para mi hermana…además de porque mi pobre padre con el azúcar no se las iba a comer de todas formas… pero ya cambiaremos el chip cuando llegue el momento.

La realidad es que lo he pasado genial, y sobre todo he recargado las pilas, que es para mí fundamental porque yo adoro Madrid y mi vida actual aquí; pero a veces la soledad realiza una visita sorpresa, aunque ya haga tiempo que la echara del tren.

Es bastante normal: a nivel de trabajo, parece que mi camino tiene un cierto rumbo. Pero a nivel social y personal, todo está muy en el aire. Todas las personas que tengo, porque las tengo, por estas urbes tienen sus vidas aquí desde, la mayoría de ellas, toda la vida, y es complicado en ocasiones sentirte parte de sus círculos, o vislumbrar tu propio círculo con ellos.

Una rayada de estas características la tuve no hace muchos días, unida a otras cuantas. Como suele pasar, estropeó gran parte de las horas y minutos de ese día en concreto, que me desperté con estos pensamientos en las neuronas que ahora os expresan estas palabras. Pero después de esas horas, llegan otras, y los cauces se terminan redefiniendo, hasta volver al estado de equilibrio en el que uno se siente como es, sin penas ni agonías.

Es por ello que, como os deseé a todos los que perdéis minutos valiosísimos de vuestras microexistencias en leerme, el 2010 lo comienzo con el mejor pie. Miro hacia delante, espero lo que me vaya llegando, y expando mis cualidades y sentimientos a todo lo que me ocurra, y a todos los que me rodean, que gratifican mi existencia reflejándome en la suya.

Cada vez me gusta más escribir, aunque es muy probable que cada vez mis neuronas se expresen con sinapsis más banales y sucias. Pero la ventana hacia parte de mí sigue abierta. Por ahora, nadie necesita un password… sólo la dirección que tiene en la barra superior.





Adicción al otro

2 11 2009

Quiero ser capaz de volar alto, más alto de lo que ya creo ser; tan alto que vislumbre a las personas como hormigas, a los edificios como piedras.

Quiero atisbar el fondo del pozo; llámese pozo a la sensación de miedo a la peligrosa soledad urbana; llámese pozo a las personas que, no conociéndolas, no entendiéndolas; te importan, te duelen.

Las hormigas no son insignificantes, pero son apreciables desde los tranquilos trozos de algodón que vagan por encima de nuestras neuronas. Envidio esa vista; envidio poder ver más lejano que sobre la piedra; envidio la falta de contacto, la incapacidad de oler al que pasaría por tu izquierda…

Aquel reflejo de sueño es imposible y, en realidad, también indeseable. No puedo más que admitir mi naturaleza hormiguera; en el lenguaje bípedo, mi condición social.

Nada tiene sentido sin el otro. Las ganas de labrarse un camino, más o menos pedregoso, más fácil o complicado de recorrer; de vivir experiencias jugando a desnivelar los picos de la sensibilidad; de explorar lo que uno es, o quiere ser, o espera convertirse; de llenar vacíos pasados, y otros nuevos más reconocibles.

Reconocer la adicción hacia el que te mira, hacia el que te juzga, te escucha, te incordia y te asimila; es el mayor y más bello acto de humanidad que este conjunto de neuronas es capaz de imaginar, de pensar; en definitiva, de afirmar y sentir como suyo.

¿No es hermoso sentir al animal social que uno es? No sé desde el algodón; sí desde la pezuña, aunque a veces se extrañe la cueva…