La ficción vs la realidad

25 11 2008

Tras una conversación con una amiga recientemente reencontrada, he reflexionado sobre la repercusión que puede tener una película en una persona cualquiera. Concretamente, la conversación surgió porque salieron a relucir nuestras “encontradas opiniones” sobre la película American Beauty, de Sam Mendes. Mi amiga, a groso modo, piensa que esta película tiene un planteamiento de personajes extremo, muy alejados de la realidad; por tanto, hay personas que pueden confundirse a la hora de la identificación con las personas descritas en pantalla, llevándolas a opciones de vida erróneas.

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Mi opinión sobre este aspecto que ella destaca no puede ser más opuesta. Los personajes de esta película viven situaciones que, seguramente, sólo tienen sentido en la misma, gracias a un guión excelente y un desarrollo lógico. Por tanto, la identificación que haga el espectador debe basarse en la reflexión inicial de que está delante de una ficción, y no de la realidad (ni de la suya, ni de la de nadie).

De todas formas, ella tiene razón al afirmar que las imágenes, ya sean de una película como de cualquier otro medio audiovisual, calan en la mente de muchísima gente, sobre todo de los adolescentes. Pero este hecho no es debido, como puede uno pensar en un principio, por las imágenes en sí mismas. Cuando uno recibe una imagen, debe ser capaz de examinar mentalmente el estímulo percibido, y eso sólo se hace si uno evoluciona personalmente, con inteligencia y madurez.

Así, cuando uno no solamente mira una imagen tras otra, sino que contextualiza lo que ve, se creará una opinión y entenderá que la realidad no se ve a través de una pantalla; la realidad, en este caso, es sólo el hecho de estar mirando una pantalla, y no el contenido de lo que transmite la misma.

En el caso de una película, el asunto se torna bastante más sencillo, a mi modo de ver. Una película puede ser más o menos dramática, más o menos divertida, más o menos realista. Pero nunca deja de ser ficción, ya que el cine es ficción desde que se inventó. Evidentemente, al ser un modo de expresión artística, tiene un sentido, un cometido. Pero la vida de los “personajes” que hacen de “personas” es ficticia, independientemente de la crítica o la visión que el director cree a partir de ese conjunto de sucesos que vemos en pantalla.

Volviendo al ejemplo, American Beauty es, por ejemplo, una crítica mordaz a la hipocresía y falsedad del “sueño americano”; es una visión sobre la supervivencia de unas personas dentro del mundo actual; es un acercamiento a lo vacía y sinsentido que puede llegar a ser la vida de un individuo que no sabe quien es, o no tiene narices para ser auténtico. Es lo que cada uno saque, perciba, concluya que es. Pero “nunca es una realidad narrada, grabada y proyectada en una pantalla“.

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Mi “yo” actual

5 09 2008

Siempre he sido muy observador, desde que era pequeño. Observaba cómo mi padre fumaba y veía su televisor en su despacho, o cómo mi hermana veía los videos de Take That cuando era adolescente, o cómo mi abuela preparaba el plato de cena de mi abuelo: jamón york, perfectamente colocado en forma de canutillo, y un quesito de El Caserío.

El hecho de observar me ha enseñado mucho sobre los demás, pero consiguió que me olvidara de mí mismo. Más que vivir, observaba la vida de los demás. Incluso en el colegio, en lugar de convivir con mis compañeros, observaba cómo lo hacían ellos, como si yo no estuviese.

Me costó mucho trabajo entender que no soy un observador, sino que formaba parte del lugar donde estuviera, sea cual fuere en cada momento. Al principio, encontré una vía de escape al conocimiento propio: sin darme cuenta, al menos al principio, monté un personaje que actuaba de una forma, reaccionaba de otra, y siempre que podía, evitaba actuar espontáneamente, para así controlar el yo real y que siempre surgiera el personaje.

Este hecho, al tiempo, sólo hizo empeorar las cosas, ya que llegó un momento en que la actuación era difícil, y mi personalidad escapaba descontroladamente del escondite. De repente, mi “yo sensible” (me gusta llamarlo más así que “yo real”) chocaba con mi “yo personaje”, lo cual mezclado con las hormonas de la adolescencia producía una bomba de relojería.

Pasó el tiempo, los amigos dejaron de serlo y personas que no lo eran, empezaron a serlo. Luego me fui a la Universidad, donde no valían medias tintas si querías hablar con alguien, y supongo que mi yo pudo fluir finalmente.

Es evidente que toda esta descripción propia es muy lejana a la realidad, pero siempre que contamos algo del pasado, la realidad se difumina. El conocimiento propio de un hecho, o de un periodo de tiempo real, sólo podría hacerse, de manera cercana a la objetividad, volviendo a vivirlo y contándolo mientras se observa. Esto es físicamente imposible, a no ser que la saga de “Regreso al futuro” no sea sólo una serie de películas de ficción. Así que ha de bastar mi propia narración para, al menos, acercarnos a la realidad de mi yo del pasado.

En la actualidad, mi yo es real (de repente, me gusta usar el término…), ya que basa su existencia en la absoluta visceralidad de los acontecimientos que vive. Es posible que haya veces en que las cosas que digo o hago no son las que quiero decir o hacer, pero siempre vivo en “mi propia sensibilidad”, me falle o no. Es lo único que tengo: un cuerpo que se ve estimulado por el medio exterior, así que sería estúpido no hacerle caso… ¿no creéis?





Mi cerebro, mi vida

31 08 2008

El cerebro es el órgano del que menos sabemos, pero del que más dependemos. Nuestra realidad, lo que creemos que es verdad, que existe, es el resultado del funcionamiento de esta masa neuronal tan compleja… ¿o tan desconocida? Porque la historia de la ciencia, si algo nos ha enseñado, es que las cosas complejas no lo son una vez creemos que las comprendemos. Por tanto, todo es una cuestión de adjetivos, que nosotros mismos vamos colocando, a nuestro parecer, y por necesidad, puesto que nos volveríamos locos sin poder juzgar, calificar, valorar… en definitiva, adjetivar todo lo que nos rodea.

Mi cerebro es, podríamos decir, uno más de todos los existentes, en todas sus formas y tamaños, desde el de una mosca al del panadero, que posiblemente sea chino. Al mismo tiempo, es único, ya que su funcionamiento resulta en una realidad, que es la mía. Por tanto, no debe ser una excesiva pérdida de tiempo expresar, a través del lenguaje escrito, lo que va recreando, lo que va moldeando… es decir, mi vida. Porque explicar lo que ocurre en mi vida, desde mi punto de vista, es una forma poco profesional de explicar el funcionamiento de mi propio cerebro.

Así pues, queda inaugurado el portal directo a mis neuronas, el lienzo de cada instante de mi vida. Queda inaugurado “El Cerebro de Mapki”.