Un año para recordar

20 12 2009

A punto de finalizar este 2009, me dispongo a evaluar y meditar sobre mi propio balance personal durante el mismo. Así, también aprovecho para despedir este cerebro hasta que comience el inminente 2010, una vez volvamos de las vacaciones navideñas.

Mi balance general es más que bueno, ya que el hecho fundamental de mi comienzo formal en el mundo laboral ha mejorado mi situación vital en todos los sentidos. Además, la pérdida de mi querida “Abu” en el 2008 convirtió todo ese año en un recuerdo complicado, aunque necesario de mantener en las neuronas. Por tanto, la comparación sólo puede desembocar en un balance positivo hacia el 2009.

Ya he publicado, en varias ocasiones, lo feliz que me siento en el grupo donde estoy empezando mi proyecto de investigación; además de con la gente que he encontrado en el hospital, todos ellos investigadores con distintos bagajes pero con un compromiso científico muy ejemplar.

Casualmente, este mes uno de estos compañeros ha leído su tesis doctoral, convirtiéndose para mí en la primera a la que asisto. Fue muy emocionante ver como exponía su trabajo de tantos años de absoluta dedicación; sobre todo, me pareció muy hermoso cómo sus familiares seguían, con mucho nervio contenido, todo lo que ocurría en la sala. Sus caras de orgullo tras la nota del tribunal fue el ejemplo perfecto de lo que uno siente cuando se quita un peso considerable de encima.

Seguro que asistiré a muchas más tesis de otros compañeros; algunas de ellas en muy poco tiempo. Hasta que llegue un día (espero que así sea) en que lea la mía propia, delante de mi propio tribunal, con mis propios familiares y amigos; y, sobre todo, mis propios nervios y miedos. Pero para eso aún queda mucho…

Otro ingrediente para que este año se haya redondeado tan bien ha sido el éxito de mi hermana al adquirir su plaza de maestra. Su vida ha cambiado y, sobre todo, se ha estabilizado desde ese día y para siempre (a no ser que entremos en guerra nuclear, o algo por el estilo…). Al tratarse de mi hermana, su felicidad es un contagio absoluto de la mía, y viceversa. No hay mucho que añadir en este sentido, salvo la satisfacción y el orgullo de un hermano que adora a su hermana.

Hay personas que han aparecido en mi vida, y varias de ellas parecen pretender quedarse en mi tren. Bueno, más que parecer, deseo fervientemente, además de egoístamente, que así lo hagan, ya que se han convertido en apoyos fundamentales en mi vida actual. No sé cuánto tiempo viajaremos juntos, pero no voy a intentar averiguarlo; sólo procuraré disfrutar del viaje con cada una de ellas, dure lo que dure. La mayoría de ellas son del trabajo, y espero que si leen esto en algún momento, sepan darse por aludidas.

Una de ellas, mi querida Verita, no lo está pasando muy bien en estos momentos, así que intentaré focalizar mi energía hacia una buena resolución de su circunstancia personal, mezclada con todo el cariño que nuestra amistad representa y la hace una realidad cotidiana y vital para mí.

Y poco más puedo añadir. Ya hace días que espero mi viaje a casa por Navidad, como el del anuncio del turrón que emiten cada año por estas fechas. Mañana volaré hacia allí, lo que significa que el cerebro de Mapki descansará durante las próximas semanas.

Pasadlo muy bien estas fiestas, y recibid el nuevo año con la mejor sonrisa. No todos estamos felices, ni todos tenemos que celebrar lo mismo. Pero hay que empezar bien siempre, dentro de las circunstancias concretas de cada uno.

Os deseo lo mejor, y aprovecho para autodesearme una expresión de neuronas en progreso para el 2010; es decir, la continuidad de este pequeño rincón del ciberespacio.

¡Hasta Pronto!





Tras las fiestas

13 01 2009

Las vacaciones terminaron, y hay que retomar lo que se dejó aparcado, este blog incluido. Y no es fácil; me siento como si fuera a tocar el piano tras meses sin hacerlo, y me enfrentara a la debilidad que florece tras la falta de práctica. Los blogueros con años de experiencia pueden, con toda tranquilidad, dejar dos o tres semanas de escribir, y vuelven como si nunca lo hubieran dejado. Pero un servidor tiene aún sus limitaciones.

Cuando, como decía el anuncio, “vuelvo a casa por Navidad”, siempre lo hacía con una enorme expectación, ya que normalmente han sido unas dos semanas (mientras estaba en la Universidad) e iba dispuesto a aprovechar cada minuto. No por celebrar el nacimiento de nadie, ni por decorar la casa, ni cosas así. Estar con los tuyos, con el frío del Invierno, es algo que siempre me ha gustado. La unión es imparable ante el clima de Diciembre, sobre todo para gente del Mediterráneo como somos yo y mi familia y amigos.

Nunca unas vacaciones son como las de años anteriores, pero este año han estado marcadas por la ausencia de mi Abu. Ella siempre, desde pequeños, ha intentado crear unas fiestas navideñas a nuestro alrededor; siempre decoraba la mesa del salón con turrón, bombones, dulces del “Okay” (la mejor pastelería del Campo de Gibraltar, que no la mejor cafetería), roscos de vino… Sobre todo en la cena del 24, se la echó mucho de menos, pero hay que continuar caminando, buscando, encontrando, esquivando baches, hasta que la vida llegue a su fin.

Por todo esto, yo no he celebrado la Navidad como la celebran en las horribles películas navideñas estadounidenses, en donde todo el mundo es ideal, está “hipermegafeliz”, se cocina que ni en un restaurante, y un largo etcétera. En mi casa, hay cena y hay turrón, y sobre todo tranquilidad, charlas con mi padre, con mi cuñado y mi hermana, y cariño mutuo. No será para hacer una de esas películas, pero es real, verdadero, humano.

Además, en estas fiestas suelo estar bastante tiempo en cafeterías, pubs, bares de tapas y demás con mis amigos, ya que es una de las épocas del año en las que los veo, estoy con ellos, comparto sus éxitos y sus fracasos, sus momentos de euforia y de tristeza, y sus confidencias. Aunque este año el amigo invisible ha sido muy acelerado, también ha resultado muy divertido. Y la cena estuvo genial, sobre todo por las goteras que caían de la madera, “yo creo que es algo”

Bueno, y por supuesto está el gran descubrimiento de estas fiestas: ¡La Postrería! Una cafetería de La Línea donde tienen tartas caseras para chuparse los dedos. Y yo, que después de la operación estoy como nuevo, he ido bastantes veces.

Además, he dedicado un reducido tiempo de estos días para leer un libro que, la verdad, me ha permitido conectar con una parte de mí mismo mucho más social, más ciudadana. Ese libro es Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago; es el primer libro que leo de este premio Nobel de literatura portugués, y me gustaría compartir con vosotros un pequeño extracto de toda la humanidad que respira este ensayo de ficción.

Antes, cuando veíamos, también había ciegos. Pocos en comparación con los que hay hoy, los sentimientos normales eran los de quien ve, y los ciegos sentían entonces con sentimientos ajenos, no como los ciegos que eran. Ahora, sí, lo que está naciendo es el auténtico sentir de los ciegos, y sólo estamos en el inicio, por ahora aún vivimos de la memoria de lo que sentíamos, no precisas tener ojos para saber cómo es hoy la vida. Si a mí me dijesen que hoy mataría, lo tomaría como una ofensa, y he matado,

Qué quieres entonces que haga. Ven conmigo, ven a nuestra casa, Y ellos, Lo que vale para ti, vale para ellos, pero es sobre todo a ti a quien quiero, Por qué, Yo misma me pregunto por qué, quizá porque te siento como una hermana, quizá porque mi marido se acostó contigo, Perdóname, No es crimen que necesite perdón, Vamos a chuparte la sangre, vamos a ser como parásitos, No faltaban parásitos cuando veíamos, y en lo que dices de la sangre, para algo ha de servir, aparte de para sustentar el cuerpo que la transporta, y ahora, vámonos a dormir, que mañana es otra vida.

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Lo que más me ha impresionado de este libro es cómo se describe al ser humano actual, con su terrible egoísmo y crueldad, pero también con una solidaridad y cariño al otro casi primitiva, esencial. Me ha hecho plantearme la responsabilidad de ver; hay personas que tienen ojos sanos, pero no ven, no se percatan de la realidad, de su realidad y la del otro; yo mismo, en infinidad de ocasiones, habré sido una de ellas. Y puede que ahí se encuentre una de las claves del porqué de la situación actual del mundo.

Bueno, como veis estas fiestas han sido de todo menos “como siempre”, aunque no haya estado en los Pirineos, ni en una casa rural. Ahora toca hacer hueco en la memoria para convertir estos días de familia, de amigos, de ocio y de lectura en un hermoso recuerdo.