Definiciones de felicidad

30 12 2010

A más tiempo pase, con más certeza siento que la única realidad posible está en algún rincón de la imagen que percibo. Es muy probable que la propia realidad, o mi realidad, sea el colmo de la subjetividad. Pero eso es lo que es y está, aquí y ahora, delante de mis narices; y sólo puedo agarrarme y apoyarme en esa imagen para definir lo que siento como vida. Esa vida está en continua evolución, para los que nos gusta Darwin; o en imparable progreso, para los optimistas antropomórficos; o en imparable perfeccionamiento, para los ciegos de vanidad. Da igual el vocablo a utilizar, el tiempo se inventó para medir nuestro paso, y eso es lo que hacemos, caminar hacia no sabemos dónde, porque ninguna hipoteca, ni ambición profesional, ni proyecto personal puede siquiera dar pistas de qué pasará luego.

La mayoría asumimos este hecho de incertidumbre la mayor parte del tiempo. Yo, de hecho, sé que nada puedo controlar, aunque me gusta jugar a que tengo metas que alcanzar, y objetivos que cumplir. Pero asumo la vacilación de mi existencia “sin vacilación”, y denomino ese acto “vivir”. Lo divertido, lo genial de este caminante ciego es que, incluso con la venda colocada en su sitio, atisba de vez en cuando flashes de realidad descontrolada, punzantes como el mejor picador de hielo, que desvirtúan esa senda, ya de por sí bastante sinuosa, para enfocar mi atención en lo que yo llamo “fantasmas”, nombre que, puede ser, hagan más atractivo a lo que simplemente son inseguridades y asuntos sin resolver, hablando en plata.

No creo que sea el primero ni el último en “cargar” con ciertos asuntos solo cruciales y fundamentales en uno mismo; de hecho, para mí madurar significa no conocerse a sí mismo, o tener cada vez una personalidad más definida, fuerte y determinante en la vida. Para mí, madurar es conocer cada vez mejor, esos “fantasmas”, y llegar a tener el valor suficiente como para admitirlos, que es en esencia la única forma de que comiencen a desaparecer. Pero estos pequeños cajones secretos de la consciencia tienen una valiosa ventaja, y es que son el mejor detector de personas que valen la pena, al menos en esa imagen que cada día ves, tienes o imaginas, y a la que llamas “vida”.

Que los miembros más cercanos de tu familia sean personas de ese tipo es el mejor punto de partida posible. De hecho, quien carece de eso seguramente tenga una vida mucho más dura, sea cual sea su circunstancia, ya que la base emocional que supone en esas “imágenes” que has de vivir es tan necesaria como respirar y comer. Yo me siento afortunado de haber tenido verdaderos seres humanos hermosos, ricos e imperfectos, aunque cercanos a la perfección desde mi subjetivo y endeble corazón. Dos de ellos dejaron de aparecer en mi imagen, cada uno en una parada del recorrido diferente, pero aún noto sus dedos moldeando mi imaginado cuerpo. Mamá, abuelita: añoro vuestros dedos arcillosos, pero intuyo y recuerdo cada vasija, cada cuenco. Otros dos siguen en el oficio de mi moldeado, y a veces me dejan que yo también me moje las manos de arcilla. De hecho, los imagino como pilares en los que descansar, y apoyar, y recuperar el aliento. Papá, Irene: cada aliento exhalado, cada pie apoyado en esta enorme ciudad, o en la arena del mar, o en el cuarto de cultivos, o en las vías del tren, es por vosotros, y de vosotros por mí.

Pero la imagen que te responde a lo que tu vida es cada instante también la componen otras personas, que vas encontrando mientras recorres la senda sinuosa, muchas de las cuales son temporales, y otras apuestan por tu camino, y te dejan participar en el suyo. Estos son los amigos… Amigo. Parece una palabra simple, una idea más de nuestra cultura, de nuestro pensamiento. Pero siento o sé, o lo que sea que viva o imagine, que mi camino tiene, tuvo y tendrá amigos porque los necesita; porque si no todo sería desierto, arena, sol, calor y sufrimiento en la nada. Porque son alfareros obligados que han de moldear también a esta cabeza loca, aunque a veces encuentren o intuyan mis propios fantasmas, o te hagan sufrir, o te desilusionen.

Si ya es subjetivo declarar mi senda como mi vida, mucho más allá del colmo es definir, según el recorrido hasta la fecha, lo que es la felicidad. Lo peor de todo es que, cada vez que me lo pregunto, lo respondo de una forma. Felicidad es que mi hermana vaya a ser madre. Felicidad es que una de mis mejores amigas haya encontrado trabajo. Felicidad es cuando mi padre se ríe del goloso de su hijo, que se come los dulces de su pastelería favorita como si continuase siendo aquel gordito y pequeñito chiquillo de pecas y colores. Felicidad es recordar la frase de mi abuela “Creo que te he contado esta historia antes… ¡pero te la voy a volver a contar!”. Felicidad es que dos barbudos geniales sean ya señores doctores y triunfen con sus papers y demás logros. Felicidad es que mi amiga la ecijana-onubense me recuerde una y otra vez lo mala que fue la película de las dos parejas, y los cuernos, y todo lo demás. Felicidad es hacerle una foto a la luz de la luna hecha persona en el andén 9 3/4. Felicidad es escribir definiciones y definiciones de la felicidad mientras escucho influencias islandesas de cierto amante de la música de cine y los videojuegos…

Felicidad es emocionarme como un idiota mientras escribo todas estas definiciones de felicidad, que seguramente sólo tienen sentido en mi diccionario particular. Miedo, que no felicidad, es esperar la entrada de un nuevo año, y no saber como va a ir el embarazo más esperado de mi vida; o qué amigos seguirán de alfareros en mi vida; o qué alegrías y disgustos me darán mis pobres celulitas; o cuán cerca, cuán lejos, está esa vieja amiga llamada “Soledad”… ¡Uy! ¡Ya tuvo que salir uno de los fantasmas! ¡Si es que aprovecháis cada lágrima, cada despiste emocional…

Aún así, o por todo eso, me encanta la imagen con la que vivo, y que es mi vida. Y eso ha de ser suficiente para ser feliz… aunque no tenga muy clara la definición…

¡Feliz Año Nuevo a los Alfareros del Mundo! Del mío, y del resto…





Vuelta y vuelta de reflexiones

12 05 2010

No voy a ahondar, ni a extenderme en lo que concierne a los años mil que este cerebro lleva sin crear sinapsis virtual. Es mucho más interesante, creo, simplemente escribir… además, con una idea abierta y maravillosa, como es la reflexión sucesiva de lo que a uno se le vaya ocurriendo… fruto, como no podría ser de otra manera, de lo ocurrido en las últimas semanas.

Según mi todavía mini-experiencia en el mundo de la investigación, he de afirmar que la constancia es mucho más fundamental de lo que me imaginaba. Y no porque así el trabajo salga mejor, o peor, por ello; sino porque el trabajo crece exponencialmente a un ritmo inesperado, y el haber tenido constancia te ayuda a tener más herramientas con las que enfrentarte a lo que, en días puntuales, se convierte en una sobrecarga bastante pesada.

En ocasiones, uno se siente frustrado cuando, en un periodo de tiempo en el laboratorio, te das cuenta de que has trabajado mucho, pero no hay nada resuelto; lo cual se asemeja a un fracaso, pero es que ni siquiera es eso, porque un fracaso conlleva a una replanteamiento general, y a comenzar desde otro punto. No es fracaso, es que las cosas tardan en acabarse, y a veces el final se ve muy, muy lejos… En serio que a veces, en esas tardes mas allá de las siete, mientras terminaba de resembrar las células que fuesen, me preguntaba con absoluto terror cuántas veces tendría que repetir eso; cuántas veces tendría que repetir las cinéticas, con un fármaco o con otro, con unas células o con otras… o con las resistentes de las mismas… hasta obtener, con otras tantas extracciones de RNA, PCRs, lisados de proteínas, westerns con éstos y con los otros anticuerpos… hasta dilucidar los resultados y tener algo que discutir, que sea medio de interés para, al menos, diez personas en este mundo de la investigación…

Creo que estoy pecando demasiado de becario iniciado; creo que aún me queda mucho, mucho que pasar; creo que, a pesar de reflexionar y reflexionar sobre ello, no tengo la más remota idea de lo que me espera… Y lo mejor de todo, la razón por la que muchos pensarían que mis neuronas comienzan a delirar: me encanta formar parte de este mundillo de científicos locos. No puedo más que disfrutar, aunque a veces me caiga de sueño, y otras desee irme a mi casa de una vez. Al menos, siento cierta felicidad en este caos…

Pero no todo es trabajo en la vida, afortunadamente. También hay momentos en los que disfrutar por disfrutar, y compartir ese disfrute con gente que te quiera bien y que te compensen la ausencia de los que están lejos… de la familia, sobre todo, y de los amigos de toda la vida. A veces, esos nuevos amigos se tornan de toda la vida, simplemente porque los sientes así. Hay más incertidumbre en todos los sentidos, pero hay que arriesgarse, y sobre todo vivir el momento que a uno le toque.

Porque todo es presente; el pasado nos moldeó hasta este instante, que es lo que existe y es la vida, de hecho. El futuro podemos imaginarlo; podemos soñar con él, hacer todos los esquemas y planes que se quieran de cómo será… Pero el aire, el canto de los pájaros, el claxon del coche que se pasa el semáforo en rojo, la vías del metro cuando está a punto de llegar a la estación, el “timer” cuando se te acaba el tiempo, el tono de la canción friki de aquella serie cuando te llaman al móvil… en conjunto, te recuerda que estás en el presente, y que es aquí y ahora.

Mi excursión al festival de murcia fue presente… ¡y qué presente! Disfruté como un teenager total, escuchando a grupos que hacía semanas que empecé a conocer; y a otros que ya escuchaba hacía más tiempo… Añoro ese presente, que ya es pasado. Añoro relajarme y no pensar en el trabajo de mañana; que mi única preocupación sea “ahora qué grupo toca en este escenario” o “cuando sale la siguiente pizza del horno”. Agradezco haber ido, y haber estado tan bien acompañado. Agradezco ese nuevo mini-pasaje de mi memoria…

Ya creo que el sueño me está venciendo en la batalla de hoy, que ya es mañana por cierto. No sé cuándo volveré a expresar en palabras lo que mis neuronas os quieren contar… pero será un placer el día que vuelva, como es un placer escribir estas últimas palabras…





En los mapas me pierdo

3 08 2009

Es evidente que el animal de costumbres que todos llevamos dentro, no sale a la luz a la hora de escribir en mi pequeña ventana cerebral. Si así fuese, habría plasmado un “hasta pronto” precediendo a mi ausencia vacacional. En cambio, dejé de escribir de repente; así, como quien no quiere la cosa. Pero no está mal liberarse de las propias rutinas que uno se crea; sobre todo, para sentirse más libre, menos atado… incluso a mi propio cerebro, que ya es mucho decir…

Pues, efectivamente, he estado fuera unas semanas; de las cuales, dos de ellas han estado destinadas a mis vacaciones, consistentes en la vuelta a casa. Afortunadamente, mi casa no se localiza en Puertollano, o en La Granja de San Ildefonso, sino en una zona costera de Andalucía. Así que la vuelta a casa en verano supone, además de la familia y los amigos, el disfrute de la playa, de la humedad nocturna estival y de las fiestas populares.

Es la primera vez que no paso los dos meses de verano propiamente dichos (Julio y Agosto) en casa; lo cual está lógicamente relacionado con el hecho de que es la primera vez que me encuentro trabajando. Aquellos añorados dos meses se han convertido, este año, en dos semanas.

No hay que ser un lince ibérico en vías de extinción para entender que la cosa cambia enormemente. Pero, para mi asombro, el menor tiempo ha significado mayor disfrute de la gente que me ha rodeado, de los baños salados, de los bailes en las casetas y de las risas y alegrías.

Y hablando de alegrías, no puedo más que resaltar la, seguramente, mayor alegría que podría haber tenido durante mis vacaciones. Mi hermana, que opositaba para maestra de inglés, aprobó sus pruebas y sacó su preciada plaza como funcionaria. Su trabajo, su dedicación y su vocación han dado su fruto, de una vez por todas. Y en estos tiempos de crisis, vaya lo que vale una plaza de funcionario. Que se lo pregunten a ella dentro de un año, o dos… Qué orgullosos estamos de ella, porque no ha dejado de seguirla, hasta conseguirla. ¡Qué campeona!

Con una noticia así, casi al comenzar mis vacaciones, nada podría estropearlo. De hecho, y aún no sé muy bien por qué, las salidas nocturnas con mis amigos han sido de las mejores que puedo recordar en años. Hacía tiempo que no me dolía tanto la barriga de no poder parar de reir. Así, da gusto bajar a casa…

Recordando estos días estivales, me doy cuenta de cómo funciona nuestra mente. De repente, visualizo a mi abuelita. No hubo un sólo día que no me acordara de ella. Un día en concreto, cuando estaba tomándome un pastel de chocolate en una cafetería de La Línea, me transporté a una de aquellas miles y miles de tardes en las que nos llevaba a merendar. Siempre he sido muy goloso, y ella gozaba observándome mientras engullía mi trozo de tarta de moka, o de chocolate, o cualquiera que fuese.

Me acuerdo de ella, aquí y ahora, y me siento feliz. Aunque no esté, ni siquiera al otro lado del teléfono. La memoria, de vez en cuando, hace regalos maravillosos. Sin más, acabo de recibir uno.

Y bueno, pues esas dos semanas acabaron, y un servidor volvió a la capital de esta España nuestra para seguir trabajando. He de seguir mi senda, aunque a veces no sepa en qué mapas mirar, ni como orientarme. No puedo acudir a Google Maps; la naturaleza de esos mapas no la han desarrollado aún.

Puede que me pierda en el camino, pero los mapas se van renovando con la experiencia, siempre y cuando se tenga claro el objetivo. Menos mal que tengo unos compañeros de trabajo que desmerezco totalmente, pero que me ayudan a orientarme en mi trabajo, en mi día a día. ¡Gracias a todos y a todas por hacer más fácil la senda laboral!

Y hasta aquí puedo leer, o puedo expresar, o puedo pensar…





Sala frente a sala

14 09 2008

Ayer estuve viendo un pase especial del Cine Doré, con motivo de “La Noche En Blanco” de Madrid. Proyectaron una película que el festival de Cannes, cuando cumplió 60 años, realizó como proyección especial. La película se llama “Chacun son cinéma” y se compone de más de 30 cortometrajes de diferentes directores del mundo, tales como Lars Von Trier, los hermanos Dardenne, Angelopoulos, Lynch… Todos los cortos tienen una temática común: la sala de cine. En todos sale una sala de cine, pero se cuenta y se ve algo distinto.

Evidentemente, siempre hay cortos que te gustan más y otros que menos, pero la idea me parece muy interesante, ya que es en las salas de cine donde se hace grande el séptimo arte. Mientras veía la película, era como si perteneciera a una pantalla de una sala de cine y estuviera viendo lo que ocurre en la sala que estoy viendo. Fue bastante mágico, y la mayoría de los cortos tenían mucha calidad.

Cuando terminé de verla, recordé la relación de tantos años que llevo con el cine. Cuando te aficionas tanto a algo, se convierte en un compañero de viaje, y momentos de tu vida cruciales van de la mano, en muchas ocasiones, de películas.

Aunque el arte cinematográfico sea ficción, tiene siempre mucho sentido humano, ya que lo realizan artistas con motivaciones, con cosas que decir (me refiero, por supuesto, a las películas de verdad, no a los “taquillazos comepalomitas”). Por ello, es muy fácil dejarte llevar por la gran pantalla, por los actores, por el camino que te marca la dirección, por la música (en ocasiones, un personaje más)…

Espero que nunca desaparezca el cine; o, al menos, que si lo hace sea con todo lo demás, porque sería mucho más complicado vivir el día a día y ser feliz.