Antes de cumplir años…

23 02 2011

Hay momentos en los que crees que todo se detiene, que el mundo deja de girar y sólo existe eso que estás viviendo, que estás sintiendo. Pero, en realidad, es todo un engaño mental que uno se permite de vez en cuando para fijar en la memoria emocional esos instantes vitales, más o menos maravillosos, más o menos únicos. El tiempo nunca se detiene, siempre acecha detrás, alertándote constantemente de que sigue adelante, de que nunca recuperarás cada segundo que vivas. Así, el propio curso del tiempo podría verse, en sí, como una lección, o la lección fundamental de la vida: vive, ahora, en este instante, mientras lees estas palabras, mientras piensas en esta idea… ¡Vive! El tiempo nunca te va a esperar, así que aprovecha el que tienes, el que define tu existencia en tu mente, en las de los que te rodean…

Pues uno de esos momentos en los que tiendo a creer que el tiempo se para es, valga la redundancia, justo cuando voy a cumplir años… como hoy, que estoy a unas horas de una edad peligrosamente cercana a la treintena… ¡Vaya! “Ahora imagino mejor lo que debió sentir Scottie en las escaleras de aquel campanario…” Lo curioso es que no me siento especialmente viejo, y realmente no lo soy, aunque ciertos barbudos se empeñen en convencerme de ello; pero sí que voy notando, por momentos, el peso de la madurez “in crescendo”. Las cosas que me ocurren, los sentimientos hacia los demás, la añoranza del hogar familiar, las vivo cada vez con mayor intensidad, valorando lo que tengo, lo que podría tener, y lo que echo de menos tener.

Puede que toda esta reflexión suene a una tendencia imparable a la conversión en adulto, pero insisto, el tiempo continúa, y sobre todo moldea mucho y de manera muy definitiva; nos demos cuenta o no. Mis pensamientos, mis ideas sobre la edad que me toca, sobre los pasos hacia delante, tiran ahora por estos lares. Y no hay que sentir tensión ni agobio por admitirlo; la tensión hay que vivirla desde fuera, “como cuando sigues cada fondu, cada jeté, pas, de esa enorme Natalie Portman y su visceral y enfermiza búsqueda de su particular cisne negro…”

En definitiva, en breve alcanzaré los 27, y el mobiliario mental no parece necesitar mucha reforma. Puede que me sienta más adulto, pero la intensidad de lo que estoy viviendo; las ganas con las que realizo cada acción en el otro, y sobre mí los demás; el conocimiento del cariño y del esfuerzo social que percibo y concedo; hacen que cumplir años valga mucho más que la pena.

La vida no es perfecta, pero el mero intento por definirla, por conocerla; es razón suficiente para agarrarse a ella, y vivir cada uno de los segundos concedidos por la existencia. Quiero cumplir mis 27 mañana, y mis 28 en 366 días, y todos los demás que haya de cumplir. Quiero saber qué se esconde detrás de las horas por llegar, de la mano de los que me soportan porque me quieren; que tolero porque adoro.

Una nueva vida verá la luz del día mucho antes de alcanzar mis 28; una pequeña vida que transformará la mía para siempre. Esa nueva personita (o personito) no sabe aún lo que es el tiempo, aunque contemos las semanas que lleva existiendo. Pero habremos de enseñárselo, y qué placer, qué responsabilidad; qué honor poder acercar el valor de las horas a quien, sin aún haber visto el mundo, ya se ha adueñado de mi corazón…

…justo antes de publicar, recibo una felicitación de la luz de la luna… mis ojos se empañan, pero insisto en escribir y agradecer a la vida palabras tan hermosas, a pesar de las injusticias que a veces esa luz lunar tiene que soportar de otros haces y rayos malignos… Creo que cumplir años es maravilloso; ahora sí estoy convencido xD

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Desahogo

7 02 2011

Esta semana liquidaré una de mis cuentas pendientes, ya que terminaré los odiosos exámenes del máster de doctorado que he tenido que hacer, con vistas a poder leer la tesis algún día. La transición al plan Bolonia no me pilló durante la carrera, pero sí lo ha hecho en cuanto a los cursos de doctorado, los cuales han desaparecido por siempre jamás y se han convertido en un señor máster.

Uno de los talones de Aquiles de formar parte de la transición es que todos los demás que te rodean, tu jefe incluido, no han vivido esa transición; y comienzan contigo dicha adaptación. Yo tengo la gran y enorme suerte de contar con un jefe que, por edad, trayectoria y forma de ser, a pesar de que detesta que tenga que hacer estos estudios para poder aspirar a completar mi proyecto en el laboratorio; comprende a la perfección que tengo que hacerlo e intenta no añadir presión a la ya situación forzada de venir la mitad del tiempo al laboratorio.

Menos mal que he tenido dos compañeras maravillosas con las que he compartido este “infierno”, como llamamos a estos cuatro meses en los que hemos tenido que continuar, con mucho esfuerzo y la mejor organización posible, nuestros trabajos en el laboratorio, a la vez que íbamos a clase, hacíamos mil trabajos y, ya por último, estudiábamos los exámenes que ahora estamos haciendo.

Sorprendentemente, a dos días de los dos exámenes más difíciles, que están seguidos en fechas por cierto, no me siento especialmente estresado. No sé si es que estoy más positivo de lo habitual, pero siento que controlo más o menos todo lo que está pendiente, lo cual es mucho. Sé que me espera un invierno-primavera en el labo con la soga deseosa de alcanzar mi cuello, pero estoy tranquilo, y así voy a intentar seguir estando…

En esencia, he aprendido dos cosas de esta experiencia trabajo-máster: una de ellas es que el nivel de organización y planificación siempre puede mejorarse, ya que hace seis meses me daba horror pensar en todo lo que me esperaba en esta época. El primer mes fue muy estresante, lágrimas incluidas, pero con el apoyo de amigos que desmerezco, recuperé fuerzas y continué mi camino.

En segundo lugar, estos meses me han desenmascarado a las personas que no valen la pena, y me han destacado a las que sí lo valen. Mis amigos de Madrid son, hoy, mucho más amigos que antes, ya que han demostrado una paciencia infinita conmigo y el poco tiempo que les he dedicado estos meses. Siempre os agradeceré que hayáis estado ahí, día a día, para darme fuerzas cuando he estado hasta las narices de todo y más allá; cuando he echado de menos estar en casa, con mis pilares vitales; cuando he tenido que decepcionarme por personas que me han mentido durante mucho tiempo.

A todos vosotros, y a mis amigos de toda la vida, gracias hasta el infinito, y os anuncio que vuelvo a ser más libre, ¡por fin!. Y a mis compis, con las que creé el grupo “RAMAJE s.l.”· (jeje), gracias por compartir las clases, los trabajos, los agobios, las risas y las lágrimas. Ha sido una pesadez eterna, pero con vosotras todo ha fluido infinitamente mejor.

Creo que ya está bien por hoy de dedicar tiempo a mis neuronas estudiosas y más que trabajadoras. Volvamos al tiempo presente…





Definiciones de felicidad

30 12 2010

A más tiempo pase, con más certeza siento que la única realidad posible está en algún rincón de la imagen que percibo. Es muy probable que la propia realidad, o mi realidad, sea el colmo de la subjetividad. Pero eso es lo que es y está, aquí y ahora, delante de mis narices; y sólo puedo agarrarme y apoyarme en esa imagen para definir lo que siento como vida. Esa vida está en continua evolución, para los que nos gusta Darwin; o en imparable progreso, para los optimistas antropomórficos; o en imparable perfeccionamiento, para los ciegos de vanidad. Da igual el vocablo a utilizar, el tiempo se inventó para medir nuestro paso, y eso es lo que hacemos, caminar hacia no sabemos dónde, porque ninguna hipoteca, ni ambición profesional, ni proyecto personal puede siquiera dar pistas de qué pasará luego.

La mayoría asumimos este hecho de incertidumbre la mayor parte del tiempo. Yo, de hecho, sé que nada puedo controlar, aunque me gusta jugar a que tengo metas que alcanzar, y objetivos que cumplir. Pero asumo la vacilación de mi existencia “sin vacilación”, y denomino ese acto “vivir”. Lo divertido, lo genial de este caminante ciego es que, incluso con la venda colocada en su sitio, atisba de vez en cuando flashes de realidad descontrolada, punzantes como el mejor picador de hielo, que desvirtúan esa senda, ya de por sí bastante sinuosa, para enfocar mi atención en lo que yo llamo “fantasmas”, nombre que, puede ser, hagan más atractivo a lo que simplemente son inseguridades y asuntos sin resolver, hablando en plata.

No creo que sea el primero ni el último en “cargar” con ciertos asuntos solo cruciales y fundamentales en uno mismo; de hecho, para mí madurar significa no conocerse a sí mismo, o tener cada vez una personalidad más definida, fuerte y determinante en la vida. Para mí, madurar es conocer cada vez mejor, esos “fantasmas”, y llegar a tener el valor suficiente como para admitirlos, que es en esencia la única forma de que comiencen a desaparecer. Pero estos pequeños cajones secretos de la consciencia tienen una valiosa ventaja, y es que son el mejor detector de personas que valen la pena, al menos en esa imagen que cada día ves, tienes o imaginas, y a la que llamas “vida”.

Que los miembros más cercanos de tu familia sean personas de ese tipo es el mejor punto de partida posible. De hecho, quien carece de eso seguramente tenga una vida mucho más dura, sea cual sea su circunstancia, ya que la base emocional que supone en esas “imágenes” que has de vivir es tan necesaria como respirar y comer. Yo me siento afortunado de haber tenido verdaderos seres humanos hermosos, ricos e imperfectos, aunque cercanos a la perfección desde mi subjetivo y endeble corazón. Dos de ellos dejaron de aparecer en mi imagen, cada uno en una parada del recorrido diferente, pero aún noto sus dedos moldeando mi imaginado cuerpo. Mamá, abuelita: añoro vuestros dedos arcillosos, pero intuyo y recuerdo cada vasija, cada cuenco. Otros dos siguen en el oficio de mi moldeado, y a veces me dejan que yo también me moje las manos de arcilla. De hecho, los imagino como pilares en los que descansar, y apoyar, y recuperar el aliento. Papá, Irene: cada aliento exhalado, cada pie apoyado en esta enorme ciudad, o en la arena del mar, o en el cuarto de cultivos, o en las vías del tren, es por vosotros, y de vosotros por mí.

Pero la imagen que te responde a lo que tu vida es cada instante también la componen otras personas, que vas encontrando mientras recorres la senda sinuosa, muchas de las cuales son temporales, y otras apuestan por tu camino, y te dejan participar en el suyo. Estos son los amigos… Amigo. Parece una palabra simple, una idea más de nuestra cultura, de nuestro pensamiento. Pero siento o sé, o lo que sea que viva o imagine, que mi camino tiene, tuvo y tendrá amigos porque los necesita; porque si no todo sería desierto, arena, sol, calor y sufrimiento en la nada. Porque son alfareros obligados que han de moldear también a esta cabeza loca, aunque a veces encuentren o intuyan mis propios fantasmas, o te hagan sufrir, o te desilusionen.

Si ya es subjetivo declarar mi senda como mi vida, mucho más allá del colmo es definir, según el recorrido hasta la fecha, lo que es la felicidad. Lo peor de todo es que, cada vez que me lo pregunto, lo respondo de una forma. Felicidad es que mi hermana vaya a ser madre. Felicidad es que una de mis mejores amigas haya encontrado trabajo. Felicidad es cuando mi padre se ríe del goloso de su hijo, que se come los dulces de su pastelería favorita como si continuase siendo aquel gordito y pequeñito chiquillo de pecas y colores. Felicidad es recordar la frase de mi abuela “Creo que te he contado esta historia antes… ¡pero te la voy a volver a contar!”. Felicidad es que dos barbudos geniales sean ya señores doctores y triunfen con sus papers y demás logros. Felicidad es que mi amiga la ecijana-onubense me recuerde una y otra vez lo mala que fue la película de las dos parejas, y los cuernos, y todo lo demás. Felicidad es hacerle una foto a la luz de la luna hecha persona en el andén 9 3/4. Felicidad es escribir definiciones y definiciones de la felicidad mientras escucho influencias islandesas de cierto amante de la música de cine y los videojuegos…

Felicidad es emocionarme como un idiota mientras escribo todas estas definiciones de felicidad, que seguramente sólo tienen sentido en mi diccionario particular. Miedo, que no felicidad, es esperar la entrada de un nuevo año, y no saber como va a ir el embarazo más esperado de mi vida; o qué amigos seguirán de alfareros en mi vida; o qué alegrías y disgustos me darán mis pobres celulitas; o cuán cerca, cuán lejos, está esa vieja amiga llamada “Soledad”… ¡Uy! ¡Ya tuvo que salir uno de los fantasmas! ¡Si es que aprovecháis cada lágrima, cada despiste emocional…

Aún así, o por todo eso, me encanta la imagen con la que vivo, y que es mi vida. Y eso ha de ser suficiente para ser feliz… aunque no tenga muy clara la definición…

¡Feliz Año Nuevo a los Alfareros del Mundo! Del mío, y del resto…





No quedan días de verano

22 08 2010

Soy completamente consciente del largo tiempo que mi cerebro ha estado apartado de esta ventana virtual de su existencia. Como siempre, lo importante es retomar en algún momento, y aquí estoy, varias semanas desde que comenzaron mis vacaciones; y un par desde que acabaron y volví a la realidad laboral y urbana de la capital.

¿Cómo se pueden resumir tantos días, tantas semanas? La tarea es complicada, y es por ello que desecho la posibilidad de llevarla a cabo. Más fácil que eso, y más cercano a la realidad reciente de mis neuronas, es la narración de mi sensación actual sobre lo vivido; así, sólo saldrán a la luz los hechos importantes, los más divertidos, conmovedores o impactantes de este verano cuyo final voy intuyendo.

La vuelta a casa siempre comienza con una sensación de recarga. Ya me acerco a los dos años en el laboratorio, y la necesidad de vacaciones, de desconexión de la responsabilidad; la he experimentado mucho más que el primer verano laboral. Y así, dicha necesidad irá incrementándose a lo largo de los años, aunque también cambiarán más cosas; así que dejemos de predecir futuros que aún no existen.

Este año, era para mí especialmente importante volver a casa en vacaciones. En primer lugar, quería estar con mi padre, verlo, hablar con él… Creo que es la primera vez en mi vida que mi padre necesitaba desahogarse de verdad. Le ha venido un poco grande toda esta historia de la vista, sobre todo porque hace mucho ya que ha dejado de hacer lo que más le gusta en este mundo: leer. Espero haber sido capaz, en las dos semanas que estuve, de transmitirle paciencia y tranquilidad, y la seguridad de que, como ya sabe, no está solo en esto, como no lo estará nunca, bajo ninguna circunstancia.

Ay cómo añoraba las tardes de playa con mi hermana. Este año, me he percatado de que tanto ella como yo hablamos por los cuatro, ocho o dieciséis costados. Bueno, hubo una vuelta de un viaje a cierto festival, donde ya quedé avisado de lo “persiana humana” que puedo llegar a ser. Pero tampoco pasa nada ¿no? Hablar es gratis, y con mi hermana más bien es un incentivo vital que ambos necesitábamos.

En cuanto a mis amigos de toda la vida, pues han sido unos días geniales, como viene siendo habitual desde hace unos años. Además, ha estado el incentivo que supone para todos la inminente boda de una estrella en la Tierra como es mi Cathy y su Raúl de su alma, que con los años se ha convertido también en un amigo muy querido. Creo que nunca vamos a olvidar ese día, del cual quedan un par de semanas, porque es que personas como Cathy hay muy pocas en este mundo, la verdad.

A alguien que también esperaba ver con ansia es a Nacho, básicamente mi mejor amigo, una de las personas que mejor me conoce, y que mejor conozco. Este año ha sido duro para él, con las malditas oposiciones, y merecía un descanso como nunca. Si yo creyese en los talismanes, Nacho sería uno de los míos; no concibo la vida sin él, por muy empalagoso que suene. Espero poder ir a visitarle en su estancia como profesor en Francia, y darnos nuestras excursiones, como cuando estuvo en Tours de Erasmus. ¡Qué recuerdos!

Gracias a la presencia de unos viejos amigos con los que había perdido bastante el contacto, estas vacaciones han tenido un cierto carácter “revival”. El creador del mote que me ha perseguido y caracterizado desde entonces bajó de vacaciones desde la ciudad de Séneca, y pasamos unos días de fiesta y playa muy buenos, poniéndonos al día de nuestras respectivas vidas. Además, también retomé contacto con otros amigos comunes al cordobés, y he disfrutado mucho de ellos, sin esperarlo lo más mínimo. Todos hemos cambiado mucho, pero sabemos volver a lugares comunes para reconocernos y que el pasado se convierta en historietas divertidas para contar justo antes de dirigirnos a la caseta de la feria.

Y esos días llegaron a su fin. Recargué pilas, mis neuronas me agradecieron el descanso de papers, electroforesis, reals times y un largo etcétera; y quedé como nuevo para retomar la rutina laboral. Lo mejor de todo es que no la retomé enseguida, ya que este año, como novedad, pasé unos días por mi cuenta, hecho que espero se convierta en una costumbre de ahora en adelante. El lugar elegido fue Lanzarote, y no pude disfrutar más esos días. Vaya lugar más maravilloso, tan distinto a todo lo que haya visto, con esa paleta de colores arcillosos y magmáticos. Y la gente que me acogió no pudo ser más genial; disfruté cada minuto allí gracias a todos ellos.

Además, ocurrió una casualidad perfecta, y es que una pareja muy festivalera que conozco de Madrid, y que tengo la suerte de disfrutar en mi vida madrileña actual; se fueron también a la isla unos días. Casi todo lo que hice lo hice con ellos también, y todo fue mucho más divertido, y más disfrutable. Espero tener casualidades tan estupendas en el futuro, porque es que planeado no hubiese salido mejor.

Y ya está, el verano fuera de la capital finalizó para mí. Aún me queda una semana que pasaré con mi padre en el norte de la península, pero eso será ya en Septiembre, así que son vacaciones de otro tipo, aunque disfrutables como las que más.

En estas dos semanas, aparte de retomar el trabajo y empezar a ver a mis chicos y chicas del curro, que añoraba como ahora añoro a los del hogar, he pensado mucho en mis amigos y en la relación que tengo con ellos. Hasta este verano, mi implicación personal creo que ha sido un poco excesiva, ya que una de las sensaciones que tuve cuando llegué a mi casa era como una especie de cansancio emocional. Me doy cuenta de que me preocupo demasiado por el estado anímico y personal de los demás, y me olvido en demasía del mío propio.

Para que ese agotamiento interior no vuelva a repetirse el verano que viene, me lo voy a tomar todo con más calma, dejando a cada uno con mucho más espacio, y crear universos comunes con más oxígeno que respirar. Además, como en breve voy a empezar el máster de doctorado, me viene que ni pintada esta nueva actitud que voy a adquirir.

Otra decisión que he tomado es que he de redirigir mejor mi tiempo hacia mis amigos. Algo que noté justo antes de irme a mi pueblo, y que me entristeció un poco, fue que hay personas a las que les dedico mucho más tiempo del necesario; mientras que a otras, que muy probablemente me han necesitado incluso más, apenas les he concedido poco tiempo en común. Estaré más atento para observar y sentir con quien he de estar, aunque seguro vuelvo a cometer errores, conociéndome…

Muchas decisiones, muchas reflexiones… y muchas ganas de seguir con mi vida aquí, con mis escapadas de vez en cuando, con los que quiero y con las experiencias que me esperan. Sigo sintiéndome afortunado de mi propia humanidad, y del tipo de vida que estoy viviendo.

Y sigo con neuronas ansiosas de expresar sus ideas, incertidumbres y opiniones… pero dejaremos la fecha abierta para el siguiente capítulo…





Vuelta y vuelta de reflexiones

12 05 2010

No voy a ahondar, ni a extenderme en lo que concierne a los años mil que este cerebro lleva sin crear sinapsis virtual. Es mucho más interesante, creo, simplemente escribir… además, con una idea abierta y maravillosa, como es la reflexión sucesiva de lo que a uno se le vaya ocurriendo… fruto, como no podría ser de otra manera, de lo ocurrido en las últimas semanas.

Según mi todavía mini-experiencia en el mundo de la investigación, he de afirmar que la constancia es mucho más fundamental de lo que me imaginaba. Y no porque así el trabajo salga mejor, o peor, por ello; sino porque el trabajo crece exponencialmente a un ritmo inesperado, y el haber tenido constancia te ayuda a tener más herramientas con las que enfrentarte a lo que, en días puntuales, se convierte en una sobrecarga bastante pesada.

En ocasiones, uno se siente frustrado cuando, en un periodo de tiempo en el laboratorio, te das cuenta de que has trabajado mucho, pero no hay nada resuelto; lo cual se asemeja a un fracaso, pero es que ni siquiera es eso, porque un fracaso conlleva a una replanteamiento general, y a comenzar desde otro punto. No es fracaso, es que las cosas tardan en acabarse, y a veces el final se ve muy, muy lejos… En serio que a veces, en esas tardes mas allá de las siete, mientras terminaba de resembrar las células que fuesen, me preguntaba con absoluto terror cuántas veces tendría que repetir eso; cuántas veces tendría que repetir las cinéticas, con un fármaco o con otro, con unas células o con otras… o con las resistentes de las mismas… hasta obtener, con otras tantas extracciones de RNA, PCRs, lisados de proteínas, westerns con éstos y con los otros anticuerpos… hasta dilucidar los resultados y tener algo que discutir, que sea medio de interés para, al menos, diez personas en este mundo de la investigación…

Creo que estoy pecando demasiado de becario iniciado; creo que aún me queda mucho, mucho que pasar; creo que, a pesar de reflexionar y reflexionar sobre ello, no tengo la más remota idea de lo que me espera… Y lo mejor de todo, la razón por la que muchos pensarían que mis neuronas comienzan a delirar: me encanta formar parte de este mundillo de científicos locos. No puedo más que disfrutar, aunque a veces me caiga de sueño, y otras desee irme a mi casa de una vez. Al menos, siento cierta felicidad en este caos…

Pero no todo es trabajo en la vida, afortunadamente. También hay momentos en los que disfrutar por disfrutar, y compartir ese disfrute con gente que te quiera bien y que te compensen la ausencia de los que están lejos… de la familia, sobre todo, y de los amigos de toda la vida. A veces, esos nuevos amigos se tornan de toda la vida, simplemente porque los sientes así. Hay más incertidumbre en todos los sentidos, pero hay que arriesgarse, y sobre todo vivir el momento que a uno le toque.

Porque todo es presente; el pasado nos moldeó hasta este instante, que es lo que existe y es la vida, de hecho. El futuro podemos imaginarlo; podemos soñar con él, hacer todos los esquemas y planes que se quieran de cómo será… Pero el aire, el canto de los pájaros, el claxon del coche que se pasa el semáforo en rojo, la vías del metro cuando está a punto de llegar a la estación, el “timer” cuando se te acaba el tiempo, el tono de la canción friki de aquella serie cuando te llaman al móvil… en conjunto, te recuerda que estás en el presente, y que es aquí y ahora.

Mi excursión al festival de murcia fue presente… ¡y qué presente! Disfruté como un teenager total, escuchando a grupos que hacía semanas que empecé a conocer; y a otros que ya escuchaba hacía más tiempo… Añoro ese presente, que ya es pasado. Añoro relajarme y no pensar en el trabajo de mañana; que mi única preocupación sea “ahora qué grupo toca en este escenario” o “cuando sale la siguiente pizza del horno”. Agradezco haber ido, y haber estado tan bien acompañado. Agradezco ese nuevo mini-pasaje de mi memoria…

Ya creo que el sueño me está venciendo en la batalla de hoy, que ya es mañana por cierto. No sé cuándo volveré a expresar en palabras lo que mis neuronas os quieren contar… pero será un placer el día que vuelva, como es un placer escribir estas últimas palabras…





Reencuentro esperado con el viento

30 03 2010

Este invierno ha sido muy poco mediterráneo, por no decir muy nórdico. Pero ya parece que va llegando el clima primaveral esperado por todos los españoles, que adoramos el sol, las terracitas, las tapas, las cañas y la ropa ligera.

En algo más de 24 horas, haré un pequeño descanso laboral para dirigirme a la fuente de recarga psicológico-emocional que es mi hogar. Al ser de noche, y en autobús, las estrellas tendrán todo el tiempo del mundo para apaciguar mi actividad diaria y proporcionarme la tranquilidad y falta de responsabilidad y preocupaciones necesaria para poder disfrutar de los tres o cuatro días que pasaré allí.

Cada vez me gusta más volver; cada vez me sorprende más lo que soy allí, con respecto a lo que soy aquí. Es cierto que, básicamente, soy el mismo. Pero el fenotipo no sólo es crucial para la expresión génica; también moldea tu percepción, tu actitud ante la gente que te vas a encontrar en un sitio o en otro. Además, mi hogar es parada obligada de vientos oceánicos y marinos, africanos y europeos. ¡Y qué mejor condición ambiental para moldearme que ellos!

Nunca pensé que se podía echar de menos un viento. Pero sí, y mucho más cuando tiene su propio nombre. Mi niño mimado es el Poniente: el más húmedo de todos y el que las mujeres de allí suelen odiar por desmoronar cualquier peinado que se hagan.

Sin embargo, cuando paseo de la mano de la costa, de la playa… y llega ese ponientazo directo a mi rostro… esos segundos parecen parar el tiempo para recordarme que estoy vivo; no porque me lata el corazón, o porque respire, o piense… sino porque mis ojos quieren ver la fuerza del viento, y terminan llenos de lágrimas para protegerse.

Estoy deseando empañar mis ojos con el Poniente, y así volvernos a ver.





Comencemos bien

13 01 2010

Espero que a todos os haya dado tiempo de despediros del año, porque el 2010 es una realidad; sobre todo, en el calendario. Cada cual habrá vivido una salida y entrada de año diferente, con sus buenos momentos y sus recuerdos, porque todos recordamos mucho, y a mucha gente, que está y que no está, en esos días. Yo sólo puedo contaros, a mi modo, cómo viví esos días.

El viaje hacia Gibraltar, el aeropuerto donde aterriza el avión que suelo coger últimamente, tuvo sus dificultades, que hoy ya son anécdotas que contar a los sobrinos nietos (es decir, a los nietos de mi hermana, porque no creo que nunca tenga unos propios, a decir verdad). Total, que la nevada del lunes antes de Nochebuena impidió a mi avión salir; y el martes si que salió, pero finalmente aterrizó en Málaga por el tremendo ventazo con el que se encontró el avión en la colonia inglesa (por mucho que nos pese).

Gente hipersupersticiosa hubiera pensado que podría haber estado recibiendo señales, pero yo simplemente llegué cuando pude y me acomodé a las circunstancias, a pesar de tener ciertas particularidades a la hora de subir y bajar escaleras…

Total, que llegué a casa tarde, y esa noche comenzaron mis vacaciones de “navidad navidad, dulce navidad”. Mi casa seguía en su sitio, aunque estuviera rodeada de lluvia, viento y consumo navideño. Mi padre, mi hermana, vecinos, entrada… todo correcto. A mis amigos, hasta la tarde anterior a Nochebuena, con estas lluvias tan constantes, nos los vi… aunque nos vimos casi directamente en la pista de baile, al lado de la barra, así que mejor manera de reencuentro es bastante inimaginable.

Cuando vuelvo a casa, y me encuentro con mis amigos, sufro un doble sentimiento: por un lado, ganas, necesidad creada focalmente hacia su presencia, hacia sus abrazos, hacia las risas, las mil y un cosas que contar… Por otro lado, siento cierto temor, ya que la patente consciencia de que las personas que tienes fuera de tu día a día, en tu pueblo, en la ciudad donde estudiaste… siguen viviendo, al igual que yo aquí, en su propio micromundo de rutina, de trabajo, amigos, ocio, rayadas mil y cine (en mi caso); te hace aguardar la sorpresa de si realmente seguirás formando parte de sus vidas, y viceversa.

Normalmente, como ha ocurrido esta vez, esos amigos a los que vuelves a ver siguen ahí, al pie del cañón, con tantas ganas de verte como de tú a ellos. Después de unos considerables años viviendo fuera de casa, es una verdadera lotería poder disfrutar, cada vez que vuelves, de ese nido vital construido con años de amistad, cariño, aventuras y desencuentros.

No todos mis amigos lo son entre ellos, como le ocurre a cada ser viviente de este planeta. Es por ello que, en ocasiones de vacaciones como ésta, uno tiene que dividirse un poco. Es un poco lioso algunos días, y las compañías de móviles se forran entre tantas llamadas y mensajes para conseguir quedadas satisfactorias y posibles para todos. Pero te gratifica tanto verlos y estar con todos y cada uno que vale la pena más que de sobra.

Estas navidades fueron mejores que las del año anterior, en las que la ausencia de mi abuelita estaba muy presente en mis neuronas. No es que no lo hayan estado en éstas, pero la tristeza se moldea, y los recuerdos se van convirtiendo en compañeros de viaje, dejando poco a poco de ser cruces pesadas. Aún no he querido comerme las uvas, ya que no podría sustituirla pelándolas y preparándolas en los platitos rojos, seleccionando las más pequeñas para mi hermana…además de porque mi pobre padre con el azúcar no se las iba a comer de todas formas… pero ya cambiaremos el chip cuando llegue el momento.

La realidad es que lo he pasado genial, y sobre todo he recargado las pilas, que es para mí fundamental porque yo adoro Madrid y mi vida actual aquí; pero a veces la soledad realiza una visita sorpresa, aunque ya haga tiempo que la echara del tren.

Es bastante normal: a nivel de trabajo, parece que mi camino tiene un cierto rumbo. Pero a nivel social y personal, todo está muy en el aire. Todas las personas que tengo, porque las tengo, por estas urbes tienen sus vidas aquí desde, la mayoría de ellas, toda la vida, y es complicado en ocasiones sentirte parte de sus círculos, o vislumbrar tu propio círculo con ellos.

Una rayada de estas características la tuve no hace muchos días, unida a otras cuantas. Como suele pasar, estropeó gran parte de las horas y minutos de ese día en concreto, que me desperté con estos pensamientos en las neuronas que ahora os expresan estas palabras. Pero después de esas horas, llegan otras, y los cauces se terminan redefiniendo, hasta volver al estado de equilibrio en el que uno se siente como es, sin penas ni agonías.

Es por ello que, como os deseé a todos los que perdéis minutos valiosísimos de vuestras microexistencias en leerme, el 2010 lo comienzo con el mejor pie. Miro hacia delante, espero lo que me vaya llegando, y expando mis cualidades y sentimientos a todo lo que me ocurra, y a todos los que me rodean, que gratifican mi existencia reflejándome en la suya.

Cada vez me gusta más escribir, aunque es muy probable que cada vez mis neuronas se expresen con sinapsis más banales y sucias. Pero la ventana hacia parte de mí sigue abierta. Por ahora, nadie necesita un password… sólo la dirección que tiene en la barra superior.