Naciste un día cualquiera

23 02 2010

Esta semana es mi cumpleaños y, como le pasa a todo ser viviente, pues se torna especial, y recuerdas años anteriores; repasas los doce meses en los que has tenido la edad que acabas de dejar; lo celebras con quien quieres, y como puedes, por supuesto… Pero, en realidad, y sin querer restarle importancia… el día de mi cumpleaños es un día más. Además, cuando cae entre semana, se hace todavía más rutinario si cabe…

Realmente, la gente que te rodea y la circunstancia puntual que tengas el propio día de tu aniversario; todo eso, en conjunto, es lo que hace de esa fecha algo especial, aparte de que ese día empezaste a existir, lo cual es bastante tremendo como reflexión. Justo antes de uno nacer, todas las horas, días, meses… anteriores al nacimiento, se llenaban con la vida de personas de todas partes con sus emociones, inquietudes y demás; y uno ni siquiera era una mísera hebra de DNA.

La historia nos acerca algo más a todo lo anterior a la propia existencia, pero siempre queda un abismo de realidad desconocido, en el cual no tenemos cabida. Pero no sólo ocurre con lo anterior: el presente de cada uno es parte de los millones de presentes de todos los humanos existentes. Por tanto, ¿qué tiene de especial que haga veintitantos años que mi vida dio comienzo? Pues absolutamente nada.

Pero la mente, las neuronas, no son colectivas; son intrapersonales, propias, privadas y, lo mejor de todo: únicas. Y más que cualquier otra cosa, somos lo que somos porque esas neuronas existen y nos brindan la realidad, la experiencia, las emociones, la sensibilidad… la vida. No es que sea esclavo de mi cerebro; es que soy mi cerebro.

Por mucha reflexión, más o menos objetiva, que uno intente hacer, siempre se topa con su percepción, con su tacto, su vista, su oído; con su memoria, con su capacidad comprensiva e intuitiva; con sus temores, sus rincones de tranquilidad y felicidad. Y nos agarramos con fidelidad ciega porque todo ese conjunto de posibilidades vitales conforman lo más real y consciente que tenemos cada segundo de la vida.

Hoy sólo recuerdo que hace un tiempo empecé a vivir, a ser, a estar entre todos, y con algunos. Mi aniversario es un día más para la existencia colectiva, y el día inolvidable de cada año para mí.





Siento, luego vivo

1 09 2008

La sensibilidad es una de las cualidades que tenemos todos los organismos vivos y sin la cual, según la evolución, no podríamos haber sobrevivido. Gracias a ella, somos capaces de detectar cambios en el medio y, en consecuencia, llevar a cabo una reacción.

El sentido de familia que tenemos hoy en día las personas está absolutamente ligado a una cuestión de consanguinidad, pero ha sido muy alterado por nuestra cultura, que también forma parte de nuestra naturaleza, obviamente. Así, la importancia que le damos a un miembro de nuestra familia está más relacionada con la convivencia y el afecto que ese miembro haya compartido con uno mismo. Para mí, esa es la definición de familia: compartir, convivir y ayudar, allanar el camino, servir de sostén cuando nos vayamos a caer, señalar las actitudes que nos dañan…

Hace ya más de seis meses que un miembro de familia, fundamental en todo lo que concierne a mi vida, dejó de existir, de estar, de vivir. Mi querida abuela, una persona excepcional, un ser humano de elevado nivel. Mi abuela me enseñó dos lecciones que han sido cruciales en mi concepción de las cosas: el amor y la humildad. Mucha gente cree que amar es algo innato, y sí, tienen razón. Pero no todo el mundo es capaz de entender qué es el amor; qué es querer a una persona sea como sea, haga lo que haga, de manera absolutamente incondicional, a ciegas. Eso es algo muy difícil, ya que todos nos juzgamos fácilmente los unos a los otros. Pero mi abuela era así, y así me lo mostró.

Mi situación de nieto ha sido excepcional, ya que mi madre falleció cuando yo contaba tan solo con seis años. Entonces, mi abuela se agarró a la idea de que sus dos nietos, mi hermana y yo, teníamos que crecer en un entorno de cariño, de educación… en un hogar. Junto a mi padre, formaron un espacio en el que nos sentíamos seguros, en el que estábamos salvados de cualquier peligro que nos acechara.

Pero había un vacío. Yo tardé unos años en entender porque sentía que algo faltaba, que nada era completo por mucho empeño que pusieran. Es difícil digerir la idea de que la mayoría de tus compañeros de clase tienen a sus dos padres, y tú solo tienes a uno. Y más difícil aún es soportar la idea de que todo es debido al azar, porque mientras me comieron bien la cabeza con la idea de Dios y tal, inventé un cielo en el que mi madre nos quería y nos ayudaba. Pero, seamos serios, lo único que podemos decir que existe es lo que percibimos con nuestros sentidos; todo lo demás es ansias de poder de personas que no te conocen, pero que te quieren controlar.

Lo más difícil de asimilar cuando se va un ser querido tan importante es la idea de que no está, de que no puedes llamarle, de que ha dejado de respirar. No sé cuantas veces he hecho el amago de coger el teléfono y llamar a mi abuela. Pero es así de duro, así de frío, así de real: mi abuela no existe. Sólo queda lo que fue para mí, lo que me quiso, lo que luchó por mí; el mundo que me mostró; el mundo que me ayudó a entender.

Es increíble lo insignificantes que son todos los problemas que uno tiene, o cree que tiene, cuando le ocurre algo como esto. Es por ello que he pensado tanto últimamente en nuestro afán por adjetivarlo todo. No somos nadie sin adjetivos. Una situación determinada es un problema, pero por una circunstancia concreta, deja de serlo; sin más.

Por tanto, he aprendido una lección que espero no se me olvide: nada es lo que parece. Nuestra percepción es la definición misma de la visión subjetiva, y no podemos darle más importancia de la que tiene. Lo más valioso que tenemos, cada uno de nosotros, es nuestra sensibilidad; la capacidad de sentir. Aunque sea la tristeza más penosa, esa tristeza es un signo más de tu humanidad, de que estás vivo y de que cada instante de tu vida es la vida misma.

Así, no quiero desperdiciar ni un solo segundo de mi existencia, sea lo que sea y signifique lo que signifique eso. No sabemos aún que paso se dio desde la inercia a la vida, pero ese paso ha permitido que yo esté aquí, en este momento, escribiendo estas palabras…