Siento, luego vivo

1 09 2008

La sensibilidad es una de las cualidades que tenemos todos los organismos vivos y sin la cual, según la evolución, no podríamos haber sobrevivido. Gracias a ella, somos capaces de detectar cambios en el medio y, en consecuencia, llevar a cabo una reacción.

El sentido de familia que tenemos hoy en día las personas está absolutamente ligado a una cuestión de consanguinidad, pero ha sido muy alterado por nuestra cultura, que también forma parte de nuestra naturaleza, obviamente. Así, la importancia que le damos a un miembro de nuestra familia está más relacionada con la convivencia y el afecto que ese miembro haya compartido con uno mismo. Para mí, esa es la definición de familia: compartir, convivir y ayudar, allanar el camino, servir de sostén cuando nos vayamos a caer, señalar las actitudes que nos dañan…

Hace ya más de seis meses que un miembro de familia, fundamental en todo lo que concierne a mi vida, dejó de existir, de estar, de vivir. Mi querida abuela, una persona excepcional, un ser humano de elevado nivel. Mi abuela me enseñó dos lecciones que han sido cruciales en mi concepción de las cosas: el amor y la humildad. Mucha gente cree que amar es algo innato, y sí, tienen razón. Pero no todo el mundo es capaz de entender qué es el amor; qué es querer a una persona sea como sea, haga lo que haga, de manera absolutamente incondicional, a ciegas. Eso es algo muy difícil, ya que todos nos juzgamos fácilmente los unos a los otros. Pero mi abuela era así, y así me lo mostró.

Mi situación de nieto ha sido excepcional, ya que mi madre falleció cuando yo contaba tan solo con seis años. Entonces, mi abuela se agarró a la idea de que sus dos nietos, mi hermana y yo, teníamos que crecer en un entorno de cariño, de educación… en un hogar. Junto a mi padre, formaron un espacio en el que nos sentíamos seguros, en el que estábamos salvados de cualquier peligro que nos acechara.

Pero había un vacío. Yo tardé unos años en entender porque sentía que algo faltaba, que nada era completo por mucho empeño que pusieran. Es difícil digerir la idea de que la mayoría de tus compañeros de clase tienen a sus dos padres, y tú solo tienes a uno. Y más difícil aún es soportar la idea de que todo es debido al azar, porque mientras me comieron bien la cabeza con la idea de Dios y tal, inventé un cielo en el que mi madre nos quería y nos ayudaba. Pero, seamos serios, lo único que podemos decir que existe es lo que percibimos con nuestros sentidos; todo lo demás es ansias de poder de personas que no te conocen, pero que te quieren controlar.

Lo más difícil de asimilar cuando se va un ser querido tan importante es la idea de que no está, de que no puedes llamarle, de que ha dejado de respirar. No sé cuantas veces he hecho el amago de coger el teléfono y llamar a mi abuela. Pero es así de duro, así de frío, así de real: mi abuela no existe. Sólo queda lo que fue para mí, lo que me quiso, lo que luchó por mí; el mundo que me mostró; el mundo que me ayudó a entender.

Es increíble lo insignificantes que son todos los problemas que uno tiene, o cree que tiene, cuando le ocurre algo como esto. Es por ello que he pensado tanto últimamente en nuestro afán por adjetivarlo todo. No somos nadie sin adjetivos. Una situación determinada es un problema, pero por una circunstancia concreta, deja de serlo; sin más.

Por tanto, he aprendido una lección que espero no se me olvide: nada es lo que parece. Nuestra percepción es la definición misma de la visión subjetiva, y no podemos darle más importancia de la que tiene. Lo más valioso que tenemos, cada uno de nosotros, es nuestra sensibilidad; la capacidad de sentir. Aunque sea la tristeza más penosa, esa tristeza es un signo más de tu humanidad, de que estás vivo y de que cada instante de tu vida es la vida misma.

Así, no quiero desperdiciar ni un solo segundo de mi existencia, sea lo que sea y signifique lo que signifique eso. No sabemos aún que paso se dio desde la inercia a la vida, pero ese paso ha permitido que yo esté aquí, en este momento, escribiendo estas palabras…

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Mi cerebro, mi vida

31 08 2008

El cerebro es el órgano del que menos sabemos, pero del que más dependemos. Nuestra realidad, lo que creemos que es verdad, que existe, es el resultado del funcionamiento de esta masa neuronal tan compleja… ¿o tan desconocida? Porque la historia de la ciencia, si algo nos ha enseñado, es que las cosas complejas no lo son una vez creemos que las comprendemos. Por tanto, todo es una cuestión de adjetivos, que nosotros mismos vamos colocando, a nuestro parecer, y por necesidad, puesto que nos volveríamos locos sin poder juzgar, calificar, valorar… en definitiva, adjetivar todo lo que nos rodea.

Mi cerebro es, podríamos decir, uno más de todos los existentes, en todas sus formas y tamaños, desde el de una mosca al del panadero, que posiblemente sea chino. Al mismo tiempo, es único, ya que su funcionamiento resulta en una realidad, que es la mía. Por tanto, no debe ser una excesiva pérdida de tiempo expresar, a través del lenguaje escrito, lo que va recreando, lo que va moldeando… es decir, mi vida. Porque explicar lo que ocurre en mi vida, desde mi punto de vista, es una forma poco profesional de explicar el funcionamiento de mi propio cerebro.

Así pues, queda inaugurado el portal directo a mis neuronas, el lienzo de cada instante de mi vida. Queda inaugurado “El Cerebro de Mapki”.