Realismo fatigante

2 10 2008

Hace tiempo, sobre todo desde que vi “La Soledad”, que quería ver el primer largometraje de Jaime Rosales, ya que además recibió el Premio FIPRESCI en Cannes hace unos años, lo cual no es habitual en una película española.

La película a la que me refiero se llama “Las Horas del Día”, y se estrenó hace algo más de 5 años, por supuesto sin repercusión mediática ni comercial, ya que pertenece a un cine de autor bastante experimental. La verdad es que me costó bastante esfuerzo terminar de verla, porque el estilo de Rosales es muy frío, escéptico, sin cabida a la emoción más o menos gratuita; y claro, este tipo de películas tienen su fin, pero a veces es arduo complicado no disponer de ningún elemento en la pantalla con el que proyectar tu sensibilidad.

“Las Horas del Día” cuenta, así a groso modo, la vida cotidiana de un hombre normal y corriente, con una integración social bastante plena, pero que de vez en cuando mata a desconocidos sin motivo aparente. Cuento esto porque esta película no es precisamente un thriller o un biopic de un asesino, sino que esos asesinatos ocurren en momentos determinados (no demasiados) y la vida de este hombre sigue como si nada.

Poco a poco te vas dando cuenta de que la personalidad de este sujeto es tranquila, a la vez que tirante y hostil, ya que la relación con el resto de personajes es difícil y angustiosa para los demás. Parece como si no le importara nada, ni nadie, aunque yo creo que es más bien todo lo contrario. Pero lo más interesante, para mí, es que este hombre, a pesar de este comportamiento (incluidas las veces que mata a alguien), pasaría perfectamente por un individuo normal y corriente, como cualquiera que ves por la calle.

En una crítica de esta película leí que podría ser que Rosales presente a este hombre de esta forma tan realista y simple para que el espectador acabe de rellenar los huecos que surjan o se plantee, posteriormente, algún tipo de reflexión.

Pues bien, mi reflexión es que Abel, el protagonista de la película, denota un grado de timidez extremo, fruto del pobre y atrofiado desarrollo personal. Así, se escuda en elementos de su vida (la pequeña tienda de ropa que tiene, los desayunos con su madre…) para mantenerse protegido del mundo, aunque como es un ser humano y no un robot, termina por socializarse. Dicha socialización siempre desemboca en mal puerto, y la única manera que ha encontrado para soportar sus fracasos y su mísera vida es matando a desconocidos. Pero no matándolos como en las típicas películas en las que llegas y te cargas en un segundo a quien sea; no, los matas con dificultad, ahogándolos con tus propios brazos, de una manera harto complicada y que se alarga demasiado (para mi, se alarga hasta la saciedad…).

Evidentemente, es un asesino, y por tanto no hay justificaciones posibles a sus actos. Pero su vida cotidiana muestra pequeñas mirillas por las que entender cómo un ser humano, que nace como cualquier otro y crece como un vecino suyo de su edad (no vamos a decir como cualquiera, porque no es lo mismo crecer en el extrarradio de Barcelona, que en la calle Serrano de Madrid, por ejemplo); se convierte, poco a poco, en un asesino.

Aunque la reflexión que te crea la película si es interesante, la hora y media larga que te pasas viéndola se torna angustiosa, fatigante… vamos, que quieres que acabe ya, porque sientes la necesidad de sentir, y un personaje como éste no te deja un momento para ello.

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